Hay todo un movimiento sobre la desaceleración de los ritmos de vida y la reconquista del tiempo. Y no es nuevo. Surgió en 1989 como protesta contra la inauguración de un restaurante McDonald’s en Piazza di Spagna, en Roma. En ese momento nació la conciencia de proteger la alimentación tradicional, basada en la biodiversidad, frente al imperio de la cómida rápida, además del deseo de provocar una transformación a favor de un cambio social, económico, ambiental, ético y personal. Esto motivó la creación del Slow Food, así como de diversas organizaciones, entre ellas el Slow Travel y las Slow Cities.

 

Yo, claro está, lo acabo de descubrir gracias a mi mamá. Pero también descubrí que, voluntaria o involuntariamente, es una filosofía de vida que se ha mantenido en mi familia desde que tengo memoria.

 

El viaje lento. Solo por el nombre uno se puede imaginar los medios de transporte: el barco, el tren, el caballo, los propios pies y la bicicleta. Y es justamente mi adorada bicicleta la que concentra en sí misma todos los aspectos del viaje lento. Con ella se pueden hacer viajes a baja velocidad, donde el elemento predominante es la posibilidad de conocer los lugares, los territorios y acercarse de manera directa a la gente que los habita. Uno se mimetiza con el paisaje y el viaje adquiere un significado en si mismo. No es la búsqueda de la llegada, sino es el disfrute de lo que ofrece el camino, el descubrimiento de paisajes, personas, olores y sabores, de la identidad, la historia y la memoria de las regiones atravesadas. Pero el redescubrimiento del viaje a dos ruedas es también una afirmación del placer, del placer del viaje y de la vida, “placer libertario, nómada y fuera de los esquemas del turismo organizado y duty free”, como dice Paolo Rumiz.

 

También en el caso del Slow Food se trata de un redescubrimiento del placer, del placer de la comida como tradición e identidad cultural, y como una importante forma de resistencia contra la homogeinización y multiplicación del Fast Food.

 

Y así surge el eterno dilema de la diferencia entre el simple turista y el heróico viajero, ya que se trata de maneras diferentes de concebir un viaje. Porque el turismo es una industria organizada, es un deber: aprovechar las pausas del trabajo, tomar el primer avión y refugiarse en hoteles y paquetes todo pagado.

 

Para los que viajan lentamente solo hay una manera de ver las cosas: el viaje no se concibe por el punto de llegada sino por el apacible intermedio que es el camino… el andar.

 

Si a mi me preguntan, yo soy simplemente una viajera.

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